Hasta Chincha hay dos horas y media, eso me dijeron. Pero llegué hasta Pisco, un año y ocho días tarde, por no conocer el paradero. Me faltó sólo ese dato. ¿Y Chincha? Unos minutos atrás.
Aún no me presentan al sol iqueño, siempre fue de noche desde el primer salto hasta el arribo final, corría el viento desnudando los pocos trapos que cargaba y corría Soyuz y corría Flores por la carretera. Pocas luces, mejor así, masticando unos bizcochitos a los pocos minutos de llegar y algo asustado por la doble vía entre mi Canon y unas casitas prefabricadas, quise en un chispazo regresar a mi cama y sentarme frente a la computadora a luchar contra la información como antes, sólo un chispazo, una bengala pues la aventura se viste de puta sólo que a veces es una vip. Felizmente no fue así.
El único terremoto que me agarró en los huevos como a Giacosa ya es un recuerdo muy prostituido y muchos iqueños ya cayeron en ese hartazgo. No es justo que su desgracia se utilice como bandera de campaña contra el gobierno ni de única ventana para vociferar al igual que Zavalita que el Perú está jodido, eso ya lo sabemos desde aquel juguete que nunca llegó, desde antes de tramitar el DNI.
Aún no me presentan al sol iqueño, siempre fue de noche desde el primer salto hasta el arribo final, corría el viento desnudando los pocos trapos que cargaba y corría Soyuz y corría Flores por la carretera. Pocas luces, mejor así, masticando unos bizcochitos a los pocos minutos de llegar y algo asustado por la doble vía entre mi Canon y unas casitas prefabricadas, quise en un chispazo regresar a mi cama y sentarme frente a la computadora a luchar contra la información como antes, sólo un chispazo, una bengala pues la aventura se viste de puta sólo que a veces es una vip. Felizmente no fue así.
El único terremoto que me agarró en los huevos como a Giacosa ya es un recuerdo muy prostituido y muchos iqueños ya cayeron en ese hartazgo. No es justo que su desgracia se utilice como bandera de campaña contra el gobierno ni de única ventana para vociferar al igual que Zavalita que el Perú está jodido, eso ya lo sabemos desde aquel juguete que nunca llegó, desde antes de tramitar el DNI.
A las ocho de la noche, entre Pisco y Túpac Amaru la luz no es luz sino un espectro que escapa de los pocos postes impostados en este perímetro. Un pequeño altar acoge al señor Luren, no tiene techo, quizá cayó paralelamente a algunas vidas el día del terremoto o quizá nunca lo tuvo. Una banderola con la bandera cubana se levanta al lado de la carretera y al otro lado una comerciante informal me menciona que Venezuela y Cuba llegaron mucho antes que el gobierno peruano. El terremoto del 15 de agosto del 2007 me sorprendió trabajando a otros los cogió en vida y despertaron muertos. Por aquí todavía recuerdan, muchas casas aún no se construyen porque el bono nunca llegó, muchos fueron despojados de lo poco que tenían. Pero en Túpac Amaru ya ni reniegan, la resignación es un poblador más en este rincón que desde antes del terremoto ya se consumía en la miseria. Sólo una línea de asfalto atraviesa el distrito de Túpac Amaru, el resto de calles parecen resultado de algún conflicto bélico. Pocas van, menos vienen. En la plazita algunos jóvenes lucen sus mejores prendas y sólo una pareja disfruta del cielo estrellado.
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